La mentira masiva y cómo la ciencia nos puede ayudar a vencerla


El cristianismo que se había popularizado en Europa durante 1 000 años patrocinó las llamadas “cruzadas” hace otros tantos. Se trató de invasiones sucesivas y durante siglos al hoy llamado Medio Oriente. Arrastraron a muchos creyentes religiosos con el fin de “liberar” de infieles a sus lugares sagrados. Esto consistía en excluir a sus propios pobladores, por la sencilla razón de que profesaban variantes diferentes de las mismas creencias básicas originarias. No era verdad que Jerusalén hubiera sido tomada por infieles.

Ciertamente, esas tierras pertenecían a sus habitantes, con sus creencias, virtudes y defectos. Costó muchas vidas y sufrimientos de sus defensores frente a tales invasores y también de los soldados europeos y sus lejanas familias.

La mentira de que alguna apariencia física o linaje genético humano sea superior a otro ha inspirado cacerías de personas. Incluso provocó la Segunda Guerra Mundial, el conflicto armado más mortífero que la humanidad ha padecido hasta ahora. Los pueblos de varios países en la crisis económica de los años 30 del siglo XX, como Alemania, Italia y Japón, habían sido influidos por políticos astutos y falsas argumentaciones de superioridad racial e histórica.

Esas razones se hacen populares fácilmente cuando los que nada tienen, que muchas veces tampoco han podido alcanzar una cultura elemental, se sienten reconocidos por su “raza” u origen en un entorno donde todo les es negativo. Fueron arrastrados a un gran conflicto que dejó decenas de millones de muertes, mayormente de inocentes, e incontables pérdidas materiales y culturales.

Acabamos de presenciar la ascensión y caída de uno de los personajes políticos más mentirosos de la historia. Llegó a ser presidente y “comandante en jefe” del país más poderoso del mundo. Siempre desinformó para todo. Se autentificó a él mismo y a sus acciones con los méritos más altisonantes. Desarrolló una plataforma ideológica que atrajo a una parte importante de la población de su país, que se considera menos preciada por diversas razones.

Siendo un claro exponente de las élites se hizo representante de ciertos sectores poco instruidos de las masas populares de forma parecida a la usada por los nazis en la Alemania de la preguerra. Cuando avizoró que iba a perder reforzó una vieja campaña propulsada por el mismo hacía tiempo de que las elecciones iban a estar manipuladas en su contra.

Sin fundamento alguno, repitió la mentira hasta el hartazgo, en todo momento y lugar después que perdió. Y eso que fue por una clarísima diferencia a favor de su contrincante, aun bajo las extrañas reglas de ese país que niegan la victoria a un candidato que puede llegar a tener millones de votos populares de ventaja. Llegó así a protagonizar el 6 de enero de 2021 un episodio insólito donde masas de pueblo, convertidas en hordas fascistas, invadieron violentamente las mismísimas bases del poder político del país.

Pero ahora la mentira ha sido diferente y más efectiva por algo muy importante: la ubicuidad de la información.

El colosal avance que ha sido internet para la humanidad es comparable con el surgimiento de la escritura y de la imprenta. Ha favorecido que cada individualidad en este mundo pueda tener a mano, permanentemente, toda la información abierta del mundo. La inmensa mayoría es verdad. Entendemos como tal a cualquier hecho o dato que puede ser comprobado independientemente por terceros, como nos enseña la ciencia.

Pero un instrumento tan poderoso de diseminación de información verídica también puede hacerlo con la falsa, con la “desinformación”. Y si la mentira resulta conveniente, agradable o reivindicatoria para los oídos de algunos, puede traer consecuencias nefastas. Es eso justamente lo que ha ocurrido con el personaje de marras, ahora expresidente de los EEUU. Se dio a conocer como actor secundario, representándose a si mismo, incluso en importantes filmes. Después produjo programas televisivos que lograron popularidad. Aprendió entonces a trasmitir sus criterios constante y consistentemente usando un medio como Twitter, que segmenta la información y la hace llegar muy efectivamente a todos sus receptores.

Su egolatría facilitó que se convirtiera en líder de demasiadas personas de su país, que por muy diversos motivos están inconformes con su propio esquema de vida.

Sus ideas supremacistas llegaron a impregnar a cubanos con mentes propensas a la colonización. Su gobierno pagó bien una eficiente campaña de propaganda que fomentaba el odio a la isla y los que vivimos en ella. Muchos que habían estado convencidos de que la convivencia civilizada entre los EE.UU. y Cuba, respetando las diferencias, es el único camino futuro posible, llegaron a considerar allá, y hasta aquí mismo, que “Trump es mi presidente”.

La evidencia de la agravación del daño que todos los de esta isla hemos sufrido durante los últimos 60 años por culpa del bloqueo fue transparentada para ellos por esos medios gracias a que siguieron las mentiras pagadas por esa infame administración. Así muchos se convirtieron, a sabiendas o no, en partidarios y soporte de los verdugos de sus propios padres y hermanos, del pueblo cubano. La combinación de las mentiras y el mercadeo de conciencias suele dar frutos, aunque sean efímeros.

¿Qué puede hacer la humanidad para que los eficientísimos instrumentos de la cultura y la verdad que proporcionan las actuales y venideras comunicaciones electrónicas no se conviertan en facilitadores de la mentira? El primer paso es advertir el problema, reconocerlo, y ensayar soluciones que nunca pueden pasar por renunciar a internet y a sus colosales ventajas culturales y sociales.

Debe advertirse que la ciencia y sus métodos han ido perfeccionando muchos procederes que garantizan una altísima veracidad de la información. Lamentablemente, esos procedimientos son de escaso conocimiento y práctica masiva. No forman parte de la ética social en sitio alguno. Suelen ser ignorados también por muchos políticos.

A estas alturas de la penetración de internet en la sociedad se hace imprescindible desde los primeros años de la educación de las personas en las escuelas que se haga un esfuerzo especial para que la población de un país se impregne con la ética y la necesidad de la verdad comprobada, como lo hace la ciencia. No debe inducirse a creer, sino a leer como una vez nos dijo Fidel. Debe aprenderse a buscar diversas fuentes, y a comprobar, cerciorándose de las comprobaciones de otros, antes de apropiarse de ideas y conceptos. Es una práctica inigualable.

Las herramientas que la ciencia ha debido desarrollar para avanzar sobre verdades imprescindibles, deben hacerse populares en todos los estratos de las sociedades humanas. Esto debería ser también lugar común en los medios. El culto a la verdad en las condiciones de una informatización masiva debería ser lo más importante, por encima de muchas otras acciones que acompañan a este desarrollo científico y tecnológico que es internet.


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